lunes, 10 de junio de 2019

108. Náusea constante

Y es que, a pesar del tiempo, de la distancia y del vacío que nos proporcionamos, tu silencio, mis náuseas, sigues instalada en el centro de mi pecho, bajo el esternón. Siento tu respiración agarrada a mis vísceras y a veces siento el sofoco, la falta de aire, como si alguien me apretara el cuello desde dentro, ansiosamente. Algunos de esos días brillantes, como por ejemplo, los de los primeros rayos de sol calientes del año, la brisa golpea nuestras caras y yo respiró hondo y despacio. Supongo que inconscientemente pienso que encontraré algún atisbo de tu olor, aquel que encendía cada una de mis células y que, tras tanto tiempo sin saber de ti, enfermaron. Cuando vuelves a mi memoria, me invade la pena profunda que, instalada en el fondo de mi pecho, bajo el esternón, me ahoga con sus manos alargadas y ágiles de violinista, sin dejar marca. Y lo que más duele no es que no estés, no es que te fueras. El dolor más hondo está en el vacío que, tú y yo, nos proporcionamos. Sé que me piensas, sabes que me ahogo.

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