No puedo evitar dejar de pensar, de vez en cuando eso sí, que cuando llegué a esta ciudad vivía a cincuenta metros de tu puerta, calle abajo.
La mala suerte hizo que te conociera dos años después, aunque ya me habría cruzado contigo en la boca del metro tres o cincuenta veces. Quizá nunca.
Y yo sin fijarme, pero claro, siempre hacía frío en aquel barrio e iba con la cabeza tan metida en el abrigo y en el jersey que era imposible ver a nadie.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
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