No hay mucho que contar sobre ella: ni mucha vida cultural, aunque parece que esto va cambiando con el paso del tiempo, ni demasiados ambientes, ni demasiada gente de fuera...casi nada abunda en demasía.
Pero a veces ocurre, sólo esas veces contadas con los dedos de las manos, en los que se vuelve una ciudad demasiado hermosa.
Tanto me impresionan esos días que contrarrestan los trescientos cincuenta y dos días restantes del año en los que la habito y deshabito.
A veces la ciudad confunde el ruido de los motores con el del viento, agitando los cuerpos de espigadísimos árboles.
Esto sucede en otoño, cuando las hojas de la ciudad se vuelven amarillo mostaza y ese color hace que levantes la mirada, cuando nunca acostumbras a hacerlo, y veas a través de esas hojas edificios sorprendentes que no sabes que están ahí, aunque cruces sus esquinas cada mañana.
En ocasiones aún más raras el mar se vuelve mar de viento y se produce una lucha durante horas.
Hoy todos mirábamos con cara de sorpresa hacia el mar, con cara de sorpresa y con cara de sonrisa, fijándonos en cómo el mar revolvía sus olas, cómo el viento revolvía nuestras cabelleras.
Y es que cuando el mar se agita tanto sólo hay que hacer una cosa: acercarse a la orilla del embarcadero a respirar el viento aguaoxigenado y esperar a que el mar escupa virutas de agua, llevadas por el viento hasta nuestra cara.

Además hoy lucía un espectacular Lorenzo de Noviembre.
Cuando todo esto ocurre, uno se da cuenta de que la ciudad es capaz de mezclarse con el mar, incluso una ciudad como ésta, tan...tan digamos señorial.
Aún viviendo esto, aquí, tan cerca de allí, aún, aún puedo apreciar estos detalles de una forma melancólica y es que siempre he sabido que pasaré mucho tiempo lejos.
Si siento esta melancolía por lo que vivo cada día, ¿cómo no voy a sentirla con lo que ya se acabó?
Ahora es cuando cojo aire porque puntúo y despuntúo como me viene en gana.


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